Psicología

La falacia de la felicidad

Vivimos en una sociedad que nos está enviando constantemente mensajes sobre cómo nos debemos sentir. Si estamos felices, es lo que se espera de nosotros, es lo normal; pero si nos sentimos tristes, angustiados o enfadados por un tiempo, entonces nuestra emoción es patológica, porque… “¡no tienes motivos para sentirte así, si lo tienes todo!” Y si no lo tienes: “sintiéndote así no vas a conseguir nada. Tienes que luchar para ser feliz.”

A veces, los estándares de felicidad que nos impone nuestro entorno es tan exigente que lo único que conseguimos es sentirnos peor, porque ¿que pasa cuando estás invirtiendo un montón de tiempo y esfuerzo en ser feliz, pero no lo consigues? O por lo menos no consigues ser tan feliz como se supone que debes serlo. Entonces la frustración y la desesperanza es tan enorme que nos sobrepasa. “¿Qué hay mal conmigo? ¿Por qué no puedo ser tan feliz como mi hermano, mi vecina o mi amiga?”

Pues bien, no hay nada de malo en ello. Cada uno es como es y siente como siente. Lo que sí es importante es que nos esforcemos por hacer aquello que realmente tiene un valor para nosotros. Porque…¿Qué es realmente ser feliz? Probablemente, cada lector tenga su propia opinión sobre lo que es la felicidad y que no tenga mucho que ver con la de otro. Cada persona siente la felicidad de una forma diferente y todas son igualmente válidas. Normalmente los sentimientos agradables están asociados al cumplimiento de metas y objetivos. Es decir, nos sentimos mejor después de conseguir algo que deseábamos.

A lo mejor tú eres de esas personas que no se sienten felices a menudo (o casi nunca), pero ¿qué cosas de las que haces a diario te hacen sentir bien contigo mismo, satisfecho? Y si no hay nada, ¿qué podrías hacer? ¿cuáles son tus deseos? Pregúntate qué es lo que quieres en tu vida… y lo que no.

Algunos de nuestros deseos no son alcanzables, porque muchas cosas no están bajo nuestro control. En estos casos ¿qué alternativa podríamos buscar? ¿Existe, es realista? Por ejemplo, se puede dar el caso que tenga muchísimas ganas de tener un perro, pero resulte que soy alérgica. Entonces, mi sueño de tener un perro no es viable y se convierte en una frustración que me hace sentir triste y, puede incluso, enfadada. Pero existe la posibilidad de que haya otras mascotas que me gusten, y que pueda cuidar, a las cuales no sea alérgica, ¿verdad?

En otros casos, nuestros sueños sí están a nuestro alcance, pero van a requerir mucho esfuerzo para poder conseguirlos, lo que también podría frustrarnos. Porque pensándolo bien, no siempre nos levantamos con las mismas ganas de luchar… ¡puede ser agotador! ¿Qué se puede hacer entonces? Quizá sea importante poner los pies en la tierra y hacer un “estudio” realista sobre el tiempo y recursos de los que disponemos. Una vez seamos conscientes de eso, podremos planificar pasos que nos lleven, poco a poco, por dónde queremos ir. Y digo exactamente “por dónde queremos ir” y no “hasta dónde queremos ir” porque es importante que vivamos paso a paso, que disfrutemos y nos felicitemos por nuestros pequeños logros, pues son fruto de nuestro esfuerzo y bien lo merece.

Pongamos por ejemplo, que no me gusta mi trabajo y me estoy planteando estudiar una carrera. Resulta que el trabajo, ahora mismo, no lo puedo dejar, porque necesito el dinero. ¿Qué opciones tengo? ¿Podría reducirme la jornada, aunque tenga que ir un tiempo más apretada? ¿O tal vez podría estudiar a distancia, cogiéndome unas pocas asignaturas cada curso y ver cómo se da? ¿Cuánto tiempo tengo para dedicarle? ¿Qué personas de mi entorno me podrían ayudar?

Sea como sea, voy a tener que tomar una decisión que implicará “perder algo”. Si trabajo y estudio, tendré que renunciar a pasar tiempo con mis amigos y/o mi familia. Si trabajo menos, iré agobiada económicamente y si cojo menos asignaturas, tardaré más años en terminar la carrera.

Tomar decisiones significa renunciar a otra cosa que me gusta. La cuestión es ¿estoy dispuesto a pagar el precio que eso supone? ¿Mi objetivo a largo plazo lo vale? Independientemente de cuál sea la respuesta, también seremos responsables de las consecuencias. De nada nos va a servir justificarnos, victimizarnos y echar la culpa a los demás, ya que los mayores afectados por nuestras acciones somos nosotros mismos.

Tú eres dueño de tu vida, en tu mano está ser fiel a ti mismo y trabajar por lo que quieres.

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